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sábado, 17 de noviembre de 2012

La Universidad en las brumas del Capitalismo Cognitivo

 Carlos Enrique Restrepo
Profesor de Filosofía de la Universidad de Antioquia

La imposición de una política universitaria en Colombia, cuyo proceso hemos visto consolidarse a fuerza de reelecciones, no deja elección. Los universitarios quedamos inexorablemente atados a un destino que los poderes del “mundo suprasensible” ciernen sobre nosotros como una rueda de Ixión, subyugados a esta especie de curso implacable bajo el cual se disuelven todas las voluntades y sucumben los intereses primarios que otrora se consideraban fundantes de la idea de Universidad. Acompasado por una indeclinable estrategia de reestructuración legislativa y reglamentaria, y por el dispositivo higiénico de un sitio policial encargado de acallar el más pequeño “brote” de discrepancia, el proceso ha iniciado una nueva fase. Ante nuestros propios ojos vamos viendo levantarse al fin el esperpento todavía difuso de una nueva “universidad” que ha desnaturalizado el concepto, la práctica y el sentido de los saberes al condicionar el desarrollo académico, tecnológico y científico a fines de lucro, sometiéndolos concomitantemente a los cada vez más abigarrados dispositivos de gestión y estandarización. 

 El cliché de la denominada “universidad de investigación” es el que más fácilmente permite delinear esta mutación profunda, en la que un ente en esencia distinto ha sustituido a la vieja Universidad. Se lo reconocerá, sin embargo, aunque en contornos imprecisos, dondequiera que una neolengua (la de la econometría, la cienciometría, la bibliometría) y un medio de competencia como el de la financiación por proyectos, con su respectivo sistema de premios e incentivos, prefigure la conformación de verdaderas élites pseudocientíficas ordenadas a la triple función de investigación-transferencia-innovación, para las que el valor (contante y sonante) de los conocimientos sólo estriba en su articulación con el “sector productivo”. Los intereses del “modelo”, como lo llaman sus agentes, son pues extracognitivos. Tal es el resultado de la disolución del vínculo entre Universidad y Sociedad, toda vez que lo ha desplazado la reputada triangulación Universidad-Empresa-Estado.

Las consecuencias del “modelo” son, en cambio, perceptibles de manera inmediata: quedan en entredicho valores como el de la imparcialidad académica y científica; los sustituye una interminable cadena de mediación burocrática por los fondos y las clasificaciones; se segregan los saberes no rentables dejándolos subsistir en condiciones infamantes; se promueve, en suma, un darwinismo universitario cuyo mecanismo es la selección natural, análogo a los dinamismos de competencia que rigen los intercambios en la sociedad del libre mercado.

El Departamento Administrativo de Ciencia, Tecnología e Innovación COLCIENCIAS, sus análogos regionales (CONICYT-Chile, CONICET-Argentina, CNPq-Brasil, CONACYT-México, etc.), así como los Sistemas de Investigación Universitarios y sus respectivos centros administrativos son los agentes que sustentan esta imposición eminentemente política. Ellos integran y garantizan ecuménicamente esta nueva episteme, que ha pervertido a la Universidad desde sus cimientos, instalando en ella el artificio de un nuevo juego que, al propagarse entre los estamentos, enturbia el sentido del trabajo universitario, desagrega las causas colectivas y desvía el interés primero por las demandas sociales a las que décadas atrás se debía incondicionalmente la Universidad, así fuese en la forma de proyecto. Entre tanto, el orden del discurso se ha convertido en discurso del orden, que como disposición normativa rige la sacralización de los saberes mediante la gestión de la producción científica, a la vez que impide, condena y margina tanto los discursos críticos como las enunciaciones de las minorías.

Ciertamente, hay una parte del conocimiento a la que le va de suyo producir bienes materiales y servicios, siendo por tanto “productivo” y “rentable” en términos económicos. Hay  otra parte que también produce, pero a su manera, y que rinde a su manera ―ya no en los términos de la economía―, caso de la filosofía, la teología, el arte, la literatura, las ciencias sociales y humanas, saberes que están en condiciones reales de mayor autonomía al salvaguardar el hecho de darse a sí mismos su norma, lo cual debería ser el “principio de los principios” para todos los saberes congregados en lo que todavía queda del antiguo recinto de la Universidad. Esta parte del conocimiento, el conocimiento espiritual, social y humano, experimenta necesariamente su desajuste cuando se lo pone a competir en los estándares del “modelo” y cuando se lo valora con patrones (y con patronos) que le son constitutivamente foráneos. Pero, en su afán por preservarse en las condiciones que le imponen los tiempos siempre modernos, incluso dichos saberes han caído en la trivialidad de querer mostrar, a costa de sí mismos, que son igual de rentables, terminando por engranarse de manera también esperpéntica a un sistema que les es antagónico y contrario por naturaleza.

En las brumas de semejante condición, la de un capitalismo cognitivo que toca así su entrada triunfal, la pregunta es inminente: ¿Dónde queda la responsabilidad social, humana, ética y política de los saberes? ¿Dónde quedan la Universidad y sus genuinas dimensiones de sentido en el trajín cotidiano de ese marasmo de sinsentido tan característico de lo que hacemos? Si bien la nación colombiana se sobrevive como nación fracasada, de lo que dan prueba la inequidad, la violencia, la mendacidad institucional, la decadencia general del orden político, ¿tendremos que decir lo mismo de la Universidad: que ha fracasado y sigue fracasando, a medida que se aleja más de tareas históricas como la de la integración social, la integración cultural y la integración regional en el contexto de la realidad latinoamericana?[1] Lo cierto, al menos, es que la utopía se vuelve disonante para los ritmos que impone la machacona regularidad del capital.

Pero dondequiera que haya imposiciones habrá siempre resistencias. En el caso de la Universidad, éstas pasan por flujos de discursividades que reactivan el antiguo “conflicto de las facultades”. El “modelo” hegemónico de la investigación tendrá que ser, por tanto, necesariamente desmentido y combatido por ciertos saberes, en un frente de oposición que habrá de intensificarse a medida que las políticas actuales alcancen su culminación. Aunque, en sentido estricto, si las preguntas que formulábamos resonaran debidamente, tendría que ser una exigencia unánime de académicos, intelectuales, artistas y científicos la de mantener a resguardo una dimensión más originaria, la de la producción de saber, por fuera de un “modelo de investigación” del que el conocimiento nunca tuvo necesidad, pero que ahora vemos conformado y erigido en tribunal a expensas del trabajo de los universitarios, a los que pretende regir advenedizamente como su instancia última de validación y legitimación.

Como lo advertía Marx, quien una vez más resulta reivindicado históricamente a despecho de muchos, el desarrollo industrial y tecnológico se produce en un movimiento de apropiación progresiva del trabajo vivo por el capital. Esta apropiación presupone “un desarrollo determinado de las fuerzas productivas, y entre tales fuerzas, también la ciencia”[2]. La imposición política de un nuevo modelo de “universidad” es relativa a una fase del capitalismo que “demuestra hasta qué punto el conocimiento social general se ha convertido en fuerza productiva inmediata, y hasta qué punto las condiciones del proceso de la vida social misma han entrado bajo los controles del General Intellect (Intelecto General)”[3]. De este modo, las condiciones de una nueva lucha, que hoy se prefigura de proporciones planetarias, están dadas: o la Universidad sucumbe entregada por sus funcionarios de turno al juego de una mercantilización de la producción de saber, siempre más originaria de lo que pretenden una “investigación” y una politiquería siervas de la economía mundial; o bien, recobra esta dimensión, y con ella sus muchos horizontes de sentido (y de paso su honestidad), en función de la reapropiación social del conocimiento como patrimonio inmaterial colectivo.

Coda
Bajo la creciente economización de la vida “democrática”, ningún flujo escapa al registro y sobre-determinación económica, ya sea un flujo de petróleo… o de palabras. La cuantificación monetaria sustituye la valoración de los nuevos valores, reduciendo “el valor del valor” a una pura y dura monetarización. Es notable, por ejemplo, como las ataduras del “Tratado de Libre Comercio” ponen en la picota los ya escasos márgenes de libertad enunciativa, de tal manera que no sólo es controvertible o condenable políticamente un enunciado, sino judicializable en nombre de un retrógrado derecho de autor (para el caso, la Segunda Ley Lleras), que la “investigación” refuerza con el registro de patentes, degradando la producción intelectual a su equivalencia general monetaria. Se impone entonces una ley del silencio económica sobre las posibles enunciaciones, al punto que cualquier enunciado deberá pasar por el tribunal de los “derechos” para constatar su autenticidad, pero seguramente también su pertinencia. Si la potencia enunciativa de las redes modulaban los nuevos agenciamientos colectivos, los “derechos de autor” moldean las enunciaciones reduciéndolas a un puro y simple juego de posibles… ¡económicos!

* En principio, este texto pretendía ser un constructo colectivo, que alcanzara a componer un “Manifiesto por la Libertad de Investigación”. En vista de que, como dice Carlos Arturo Gamboa (Universidad del Tolima), los intelectuales en Colombia están hoy “demasiado ocupados escaneando sus diplomas”, la iniciativa del manifiesto fue desafortunada. He recogido, sin embargo, los aportes que a tal efecto me allegaron profesores e investigadores como Luz Gloria Cárdenas (Instituto de Filosofía, U. de A.), Mario Elkin Ramírez (Departamento de Psicoanálisis, U. de A.), Pablo Emilio Angarita (Facultad de Derecho, U. de A), Jaime Rafael Nieto (Departamento de Sociología, U. de A), Germán Vargas Guillén (Universidad Pedagógica Nacional) y Ernesto Hernández (Investigador independiente), a quienes expreso mi reconocimiento y gratitud.
[1] Cf., Boletín La Palabra, No. 47. Asociación de Profesores de la Universidad de Antioquia, Febrero de 2012, pp. 1-2. Disponible en: http://asoprudea.udea.edu.co
[2] Marx, Karl. “Fragmento sobre las máquinas”. En: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, Vol. 2. Trad. Pedro Scaron. México: Siglo XXI, 1972, pp. 216-230.
[3]Ibíd., p. 230. Cf. Virno, Paolo. “General Intellect”. En: Lessico Postfordista. Feltrinelli, 2001. Versión en inglés disponible en: http://www.generation-online.org/p/fpvirno10.htm
 
 
 

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