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domingo, 11 de enero de 2015

En búsqueda del Nadaísmo

Un texto sobre uno de los movimientos literarios y filosóficos de vanguardia más influyentes de América Latina y sobre uno de sus exponentes, Gonzalo Arango.

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Por: Camila Builes


En búsqueda del Nadaísmo  
Foto del archivo del Espectador
 
 
Recuerdo el primer día que lo encontré en una hoja pálida que saqué en un taller de la universidad y que para ahorrar preferí usar una que por un lado ya estaba impresa. Ese día conseguí por lo menos quince copias con diferentes especificaciones, talleres y textos. De camino a casa, entre el matorral de hojas que algún día fueron árbol y aquel día destilaban letras de periodismo o comunicación social, encontré una que tenía las esquinas circulares. Mi lado era un taller cuyo contenido no recuerdo. El otro, el lado que no me pertenecía, era un escrito a medias que llevaba como título “Muerte, no seas mujer”. No decía el autor, eran cinco párrafos y recuerdo que leí en el carro.

Gonzalo Arango —hijo de una pareja de campesinos de Andes, Antioquia, blancos pero pobres, pobres pero honrados, católicos arraigados, conservadores de mano dura que tuvieron quince hijos— fue a quien encontré una noche después de salir de la universidad, cuando iba en un bus repleto de personas sedientas de cama, taciturnos y lejanos, sin encontrar a nadie, sin encontrar la vida o la muerte, y yo sabiendo que la muerte no era mujer y que si lo era estaría muriendo, desde su propia mano, en los brazos de Arango. Esa noche se inició mi pesquisa por el Nadaísmo y aún no termina.

El primer lugar del Nadaísmo era impenetrable, no sólo porque es de esos espacios abstractos sin una imagen de referencia, sino porque la mente de Gonzalo Arango, oscura soledad, donde a fuego lento se cocinaban la rebeldía, la sátira y la herejía que todas, en preparación, como un menjurje, darían paso al Nadaísmo, era inalcanzable para quien no sintiera el mismo desprecio por lo convencional, el mismo odio calcinante por los ídolos impuestos, distante para quien repetía frases turbias en la iglesia, la escuela y la calle.

Entrar a la mente de Gonzalo Arango para descubrir los recovecos del movimiento literario, filosófico y cultural que había desencadenado su pensamiento era impensable por las acciones que habían dejado nuestros casi 60 años de diferencia y su muerte prematura para una sociedad que quería más de la nada.
Sin embargo, aún había uno de los primeros lugares, un oasis entre el asfalto de la Medellín que vería nacer al Nadaísmo como el hijo bastardo de una sociedad que no quería reconocer (ni quiere aún) los defectos que la comen desde dentro, pero que afuera luce un rostro maquillado, hipócrita, como el colorete del difunto.

A media cuadra del Parque de Bolívar, en pleno centro de Medellín, hace 53 años se enaltece el Salón Versalles, el sitio donde siempre son las 12 para almorzar, y que sonriente, entre el pasaje Junín, abre sus puertas para los que alguna vez han soñado con ser escritores, poetas, pintores, músicos o conversadores.
“En la mesa de esa esquina se sentaba Gonzalo con unos amigos. Flacos, largos todos. Hablaban de cosas tristes”, señala con el dedo índice Edilberto Arenas, administrador de Versalles, hacia una mesa cercana a las escaleras.

Dos pisos. El primero a su entrada: vitrina con resplandor dulce como de postre, milhojas y pasteles hacen caras de tentación para que más de uno caiga derretido. El segundo piso era el punto de encuentro de los homeros de la ciudad. Más de 100 cuadros en las paredes, portadas de la revista Vogue que trajo don Leonardo Nieto, creador de Versalles, desde Francia, y una de las primeras fotos que recibe de Gonzalo Arango: cigarrillo en boca, ojos oscuros.

El Nadaísmo se enfrentó al enemigo, y a los enemigos del enemigo y a los enemigos de los enemigos del enemigo, que se destruyeron entre sí, creyendo que lo combatían con fuego amigo, mientras ellos se enjaulaban por su propia voluntad en Versalles a mediados de los 50, cuando Arango iniciaba sus estudios de Derecho en la Universidad de Antioquia.

“Había personas a las que no les gustaba que don Leonardo dejara entrar a los nadaístas al salón, porque siempre parecían enguayabados, con la cara lavada; pero a él nunca le importó. Hubo días que dejaba el café solo para ellos. Para que hablaran de poemas eróticos, porque eran tremendos. Se sentaban con un tinto y muchos cigarros y hablaban de lo que odiaban, o sea, de todo”.

“El hombre solo tiene sus dos pies, sus dos zapatos rotos y un camino que lo conduce a ninguna parte”. Con esas palabras consiguió los adeptos, apóstoles, como llamaría alguna vez; amigos como Jotamario Arbeláez, Jaime Jaramillo Escobar, Eduardo Escobar y muchos otros con los que no se sentó en Versalles pero que desde el anonimato usaron la bandera de la causa perdida y que usaron la poesía por primera vez en Colombia como una rebelión contra las leyes y las formas tradicionales, contra los preceptos estéticos y escolásticos que se venían disputando infructuosamente la verdad y la definición de la belleza.

El Nadaísmo se inició en Medellín, pero como buena enfermedad viral, se transmitió a todas partes de Colombia. La mesa de la esquina superior al lado de las escalas en Versalles fue el primer escritorio de los manifiestos, los poemas y los textos para criticar y denunciar, o para la queja de un grupo de jóvenes que, en ese entonces —como hoy—, donde las ideologías estaban en bancarrota, usaron el arma más vulgar: la lengua en el aire y la tinta sobre el papel. “No dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio. Todo lo que está consagrado como adorable por el orden imperante será examinado y revisado”, escribió Arango en su Primer Manifiesto de 1958 en Medellín.

En ese rincón del salón Versalles nació el movimiento literario filosófico más importante del país, catalogado como el movimiento de vanguardia más influyente de América Latina por sus aportes literarios y sociales, que dejó una mella de revolución y cambio en un país que se disputaba entre el bipartidismo y la guerrilla.
Un aporte social entre letras de jóvenes que no querían y abandonaban la imagen de hombres y mujeres establecida por el sistema. Una revista publicada, innumerables textos, libros y más centenares de adeptos en silencio siguen en la búsqueda del Nadaísmo, con la premisa de que no lo encontraremos nunca porque como lo dijo Arango, las definiciones limitan. El contenido es vasto, es un estado del espíritu revolucionario y excede toda clase de previsiones y posibilidades. El Nadaísmo es eso y todo y nada, es un “quehacer histórico del hombre que vierte su existencia sobre fines ultraterrenos o terrestres, según recaiga su elección en la tierra o en el cielo; una lucha de valores por conquistar una preeminencia en el más acá, o en el más allá”. Quizá buscando en Otra Parte encontremos algo más, más remoto y cubierto de tiempo que hable de nada.


lunes, 13 de octubre de 2014

12 de octubre, ¿día de la raza, del racismo o del holocausto de los aborígenes?




Por Ollantay Itzamná*

12 de octubre, 2014.- En Latinoamérica y en España, las entidades públicas y privadas celebran el 12 de octubre, con diversos actos culturales, como el Día de la Raza y/o Día de la Hispanidad.

El origen de esta fecha se debe al primer recibimiento fraterno que hicieron nuestros ancestros aborígenes, en las costas de la actual República Dominicana, a los primeros europeos/españoles, en octubre de 1492. Aquella hospitalidad fue traicionada con saqueos, enfermedades, desposesión, esclavitud y genocidio. Sí. Genocidio. En menos de siglo y medio, los “huéspedes” cristianos masacraron violentamente cerca de 70 millones de nuestros abuelos/as para apropiarse de nuestros bienes comunes. Fue y es el primer holocausto humano en nombre del tal Dios desconocido y de la paradisiaca civilividad prometida que jamás llegó.

La oficialidad de los actuales españolitos, y las autómatas élites políticas y culturales que reditúan del holocausto colonial en las actuales tierras de Abya Yala, promueven la remembranza del 12 octubre como el Día de la Hispanidad o Día de la Raza con la finalidad de mantenernos dormidos y colonizados, serviles a sus intereses.

El 12 de octubre no es ningún Día de la Raza, porque la misma antropología occidental demostró con demasía que razas humanas no existen. Existe una sola especie humana. Y, quien diga lo contrario no es más que un ladrón y saqueador que intenta justificar el despojo y la esclavitud contemporánea.

En 12 de octubre tampoco es Día de la Hispanidad, porque en la realidad, la categoría cultural de “hispanidad” fue y es un espejismo. En ese territorio que, hoy, llaman España, vascos y catalanes se ofenden si se les llama español/a. España como unidad cultural no existe. Este idioma en el que intentamos comunicarnos no se llama español, se llama castellano. Entonces, ¿qué es hispanidad? Un concepto vacío y aborrecido, como la actual Monarquía madrileña.

El 12 de octubre es el Día del Holocausto de nuestros abuelos/as. Es el Día del Racismo endémico que justificó la humillación y el despojo que cometieron y cometen los misioneros del Dios desconocido. Y los actos abominables no se celebran. Mucho menos se agradecen. Pero, sí: es una lección por donde no debemos transitar jamás.

Entonces, ¿por qué se estableció el 12 de octubre como el Día de la Raza o de la Hispanidad? Ellos lo establecieron para intentar limpiar y tranquilizar su conciencia sanguinaria que jamás los dejará en paz. Para intentar afianzar y mantener su supuesta superioridad biológica y cultural frente a los demás pueblos. ¿Una sociedad que vive de la violencia y del saqueo, consumopáticos que devoran más allá de la capacidad regenerativa de la Madre Tierra, puede ser considerada como civilización? En estos y otros territorios de Abya Yala, ¿vivimos mejor o peor a más de cinco siglos de confesar la fe cristiana? ¿Quién disfruta de paraíso terrenal proclamado por más de 2000 años en el planeta? Y el Dios desconocido, sólo guarda silencio cómplice… Los enviados de Dios se apropiaron de la tierra, los ríos, los bosques, las playas, los yacimientos mineros e hidrocarburíferos. Sólo nos dejaron la cruz y la Biblia que no hacen milagros.
Quienes tenemos el privilegio de portar en nuestra identidad parte del cúmulo de la dignidad de las milenarias civilizaciones nativas de Abya Yala, tenemos la responsabilidad histórica de nominar a la realidad histórica y fáctica con la verdad que corresponde. Pero, para ello, no es suficiente con desaprender o sospechar de las mentiras de los genocidas impuestas como verdades. Es necesario hacer el camino hacia adentro (metanoia dirían los ascetas), para desconfigurarnos y reconfigurarnos psicológica, mental y espiritualmente. Sólo así esta Abya Yala que florece hará que sea posible la esperada primavera de múltiples colores en la Madre Tierra.


*Ollantay Itzamná, indígena quechua. Acompaña a las organizaciones indígenas y sociales en la zona maya. Conoció el castellano a los diez años, cuando conoció la escuela, la carretera, la rueda, etc. Escribe desde hace 10 años no por dinero, sino a cambio de que sus reflexiones que son los aportes de muchos y muchas sin derecho a escribir “Solo nos dejen decir nuestra verdad”

Fuente: Servindi

lunes, 22 de septiembre de 2014

América Latina logra mejoras en salud, educación y participación política de pueblos indígenas en última década

 
(22 de septiembre, 2014) En América Latina existen cerca de 45 millones de personas indígenas que representan 8,3 % de la población de la región. En la última década se han constatado mejoras en su acceso a la salud y la educación, el reconocimiento de sus derechos territoriales y su participación política, aunque quedan brechas por cerrar, según revela un nuevo informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

El documento Los pueblos indígenas en América Latina: avances en el último decenio y retos pendientes para la garantía de sus derechos, presentado hoy en Nueva York, pretende contribuir a los debates que se desarrollarán en la Conferencia Mundial sobre los Pueblos Indígenas, los días 22 y 23 de septiembre, así como al proceso de implementación y seguimiento de la agenda de desarrollo post-2015.

El informe muestra avances importantes en el acceso a los servicios de salud que se han reflejado en mejoras en indicadores como la atención al parto y la mortalidad infantil entre los pueblos indígenas. Los fallecimientos de menores de cinco años se redujeron entre 2000 y 2010 en los nueve países con datos disponibles (Costa Rica, México, Brasil, Venezuela, Ecuador, Panamá, Guatemala, Perú y Bolivia).

Además, 17 países disponen de alguna institucionalidad estatal con el mandato específico de gestionar la salud intercultural.

En el ámbito educativo se observan aumentos en las tasas de asistencia escolar en todos los niveles. Los ocho pafíses con datos disponibles de los censos realizados en 2010 y 2011 muestran por ejemplo porcentajes de asistencia de entre 82 y 99 % para los niños de 6 a 11 años. 

Persisten sin embargo brechas significativas en la culminación de la educación media y en el acceso a los niveles superiores respecto a los indicadores de la población no indígena. 

Por otra parte, se constatan también avances en el reconocimiento de los derechos territoriales de los pueblos indígenas, entre los que se encuentra el derecho a la propiedad colectiva del territorio. 

El estudio indica que ha habido logros en la mayoría de los países de la región en esta área, principalmente en la demarcación y titulación de tierras, pero quedan importantes desafíos respecto al control territorial, incluyendo los recursos naturales. En este ámbito se detectaron, entre 2010 y 2013, más de 200 conflictos en territorios indígenas ligados a actividades extractivas de hidrocarburos y minería.

Se advierte también un aumento de la participación política de los pueblos indígenas, un continuo fortalecimiento de sus organizaciones y el establecimiento de alianzas para la incidencia política, pero sigue habiendo una escasa representación de estos pueblos en órganos de los poderes del Estado.

Además, si bien se observan algunos progresos en el derecho al consentimiento libre, previo e informado y el respeto a las instituciones y sistemas de autogobierno de los pueblos indígenas, estos resultan aún insuficientes en relación a los estándares internacionales que reconocen el derecho fundamental a la libre determinación de estos pueblos. 

Respecto a sus características demográficas, el informe señala que, de acuerdo con los datos censales, para el año 2010 la población indígena estimada en América Latina rondaba los 45 millones de personas, de los que 17 millones vivían en México y otros 7 millones, en Perú. En tanto, los países con mayor proporción de población indígena son Bolivia (62,2 %), Guatemala (41,0 %), Perú (24,0 %) y México (15,1 %).

En la actualidad es posible contabilizar 826 pueblos indígenas en América Latina. Esto supone un incremento respecto a la última cifra dada a conocer por la CEPAL en 2006, cuando se identificaron 642 pueblos. Esta alza se debe a la mejora de la información estadística en años recientes y a la incidencia de los propios pueblos en la lucha por su reconocimiento.

Brasil posee la mayor cantidad de pueblos indígenas (305), seguido por Colombia (102), Perú (85), México (78) y Bolivia (39). Muchos de ellos se encuentran el peligro de desaparición física o cultural, como se ha podido constatar en los casos de Brasil (70 pueblos en riesgo), Colombia (35) y Bolivia (13).

Además de ellos, se estima que existen otros 200 pueblos indígenas en aislamiento voluntario en Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Venezuela.

El potencial de crecimiento de la población indígena es mayor que el de la no indígena, ya que su estructura etaria es más joven y sus tasas de fecundidad son más elevadas, si bien se observa una reducción en este indicador en los cinco países con datos disponibles (Brasil, Ecuador, México, Panamá y Venezuela).

El documento también revela que la migración interna reciente es menor entre los pueblos indígenas que entre la población no indígena y que en 4 de 10 países con información disponible (México, Perú, Uruguay y Venezuela), la mayoría de la población indígena vive en ciudades.

Por otro lado, los censos recientes de nueve países confirman la existencia de una profunda brecha digital. En Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela, el acceso a internet de los hogares no indígenas es entre cinco y seis veces mayor respecto a los hogares indígenas.

El informe de la CEPAL analiza en profundidad toda la información disponible en cada una de estas áreas, aboga por fortalecer los mecanismos de protección de los derechos de los pueblos indígenas implementados en el sistema de las Naciones Unidas y plantea recomendaciones a los países, a los que alienta a reconocer el aporte de estos pueblos para construir un nuevo paradigma del desarrollo, basado en un cambio estructural hacia la igualdad y la sostenibilidad.

Más información en www.cepal.org:
Para consultas:
Contactar en Nueva York con María Amparo Lasso, Jefa de la Unidad de Información Pública de la CEPAL. Correo electrónico: mariaamparo.lassocepal.org; teléfono: (56 9) 7967 8306.
Contactar en Santiago de Chile con la Unidad de Información Pública de la CEPAL. Correo electrónico: prensacepal.org; teléfono: (56 2) 2210 2040.
Síganos en: Twitter, Facebook, Flickr, YouTube y Google+.

Fuente: CEPAL

Los pueblos indígenas en América Latina

jueves, 6 de marzo de 2014

América Latina: Periferias urbanas, territorios en resistencia

 por  Raúl Zibechi

I. Introducción

En los últimos meses tuve la posibilidad de visitar a Colombia en varias oportunidades, gracias a las invitaciones que me extendieron la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca y el colectivo editorial Desde Abajo. Las visitas me permitieron conocer algunas experiencias notables, como la del pueblo nasa en los cabildos rurales y urbanos del Cauca, y la de sectores populares de Ciudad Bolívar, en Bogotá. En esos lugares pude compartir con los actores sobre los modos y formas de construir sus vidas cotidianas, y luego ampliar lo allí convivido a través de abundante bibliografía.

Ambas experiencias me reafirmaron en la convicción de que en América Latina, al calor de las resistencias de los de abajo, se han ido conformando “territorios otros”, diferentes de los del capital y las multinacionales, que nacen, crecen y se expanden en múltiples espacios de nuestras sociedades. Puede objetarse, con razón, que los territorios que construyen los movimientos indígenas en áreas donde habitan desde hace siglos no pueden compararse con las experiencias urbanas de los sectores populares. Las diferencias entre unos y otros son inocultables, empezando por el reconocimiento constitucional o legal que tienen algunos resguardos y territorios de los pueblos originarios, hasta el simple hecho de que la presencia estatal en esos lugares es débil, lo que facilita la existencia de formas de vida heterogéneas.

Las experiencias educativas, ancladas en la educación bilingüe, y los cuidados de la salud con base en los saberes ancestrales, la renovación y reconocimiento de la justicia comunitaria y de formas de poder apoyadas en las tradiciones comunitarias, pueden servir para confirmar las inexorables diferencias entre el mundo rural indígena y el urbano popular. Es enteramente cierto que entre los indios de nuestro continente sobreviven y se han recreado tradiciones diferentes de las que vemos en los sectores populares urbanos, entre ellas, y de forma destacada, la lengua propia.

Pero no es menos cierto que los sectores populares son portadores de relaciones sociales también diferentes de las hegemónicas, aunque no asimilables a las de los indígenas. Pero no es mediante estudios de carácter antropológico o sociológico como podemos desentrañar el carácter de esas diferencias. Los pueblos, sus culturas y cosmovisiones, no pueden ser comprendidos desde metodologías de carácter ‘científico’, o sea, sólo a través de estudios cuantitativos y estructurales. No se trata de medir las diferencias sino de comprenderlas en su despliegue y su visibilización, de los rastros y realizaciones concretas que van dejando estelas y huellas, materiales y símbolos.

Estoy firmemente convencido, como sugiere James Scott1, de que los de abajo tienen proyectos estratégicos que no formulan de modo explícito, o por lo menos no lo hacen en los códigos y modos practicados por la sociedad hegemónica. Detectar estos proyectos supone básicamente combinar una mirada de larga duración, con énfasis en los procesos subterráneos, en las formas de resistencia de escasa visibilidad pero que anticipan el mundo nuevo que los de abajo entretejen en la penumbra de su cotidianeidad. Esto requiere una mirada capaz de posarse en las pequeñas acciones, con la misma rigurosidad y el interés que exigen las acciones más visibles, aquellas que suelen “hacer historia”.

De larga duración porque sólo en ella se despliega el proyecto estratégico de los de abajo, no como programa definido y delimitado sino a través de grandes trazos que apuntan en una dirección determinada. Esa dirección, en América Latina, nos habla de creación de territorios, rasgo diferencial de los movimientos sociales y políticos respecto a lo que sucede en otras latitudes. En paralelo, en la larga duración se desdoblan los pliegues internos –claves para comprender los proyectos de nuestros pueblos– que le resultan invisibles al observador externo por las coberturas exteriores y superficiales que los ocultan.

Aunque los territorios de los movimientos abren nuevas posibilidades para el cambio social, no representan, empero, garantía alguna de transformación liberadora. En la periferia urbana de Ciudad Bolívar, por poner apenas un ejemplo, he visto territorios de la complejidad y la diversidad, de la construcción de relaciones sociales horizontales y emancipatorias en que se registran formas de vida heterogéneas, junto a territorios donde la dominación reviste las vulgares formas de la militarización vertical y excluyente. Transitar de un barrio a otro, cruzando apenas una avenida, puede representar un cambio brusco entre la dominación y la esperanza.

Como toda creación emancipatoria, los territorios urbanos están sometidos al desgaste ineludible del mercado capitalista, la competencia destructiva de la cultura dominante, la violencia, el machismo, el consumo masivo y el individualismo, entre otros factores. Los territorios de los sectores populares urbanos –a los que está en gran parte dedicado este libro– nacieron y buscan crecer en el núcleo más duro de la dominación del capital, en las grandes ciudades que son sede natural de las viejas y las nuevas formas de control social, que contribuyen a lubricar la acumulación de capital.

En efecto, sea por vía represiva, sea por la interiorización de la cultura neoliberal, estos emprendimientos han estado acosados desde cuando nacieron, hace más o menos cuatro décadas, en todas las periferias urbanas de este continente. Con el tiempo, aprendieron a sortear este conjunto de adversidades, como enseña la breve historia de Potosí-La Isla, en Ciudad Bolívar. La construcción de barrios populares en las ciudades es “la prolongación de la lucha por la tierra que por décadas ha cubierto el campo de nuestro país, expresada en la urbe en forma de lucha por la vivienda”, como sostiene un trabajo acerca de la experiencia. Este es, por cierto, uno de los nexos entre las luchas rurales y las urbanas, que nos permiten hablar de un proceso más global, de una lucha no parcelada ni segmentada que parece apuntar en una misma dirección.
***

Sin embargo, los territorios urbanos donde se arraigan los movimientos que trabajan por la emancipación sufren nuevas e inesperadas embestidas de actores nacidos a menudo en el seno de los mismos movimientos. Se trata de un proceso que se puede fechar en la década de 1990 con el acceso a los gobiernos municipales de fuerzas de izquierda como el Partido de los Trabajadores en Brasil, el Frente Amplio en Uruguay y otras fuerzas de izquierda en porción significativa de las ciudades latinoamericanas. De la mano de la “descentralización con participación” se pusieron en marcha proyectos como el Presupuesto Participativo, en Porto Alegre y otras ciudades, experiencias que tuvieron nombres y protagonistas diferentes pero características similares. Desde el punto de vista de los sectores populares organizados en movimientos, las experiencias no fueron felices, porque propiciaron la desarticulación de toda una camada de organizaciones populares, más allá de la voluntad de sus promotores.

En esta década nacieron gobiernos progresistas y de izquierda en la mayor parte de los países sudamericanos. Las viejas políticas participativas dieron paso a diversos planes estatales para combatir la pobreza, que deja consecuencias de larga duración para los movimientos, en particular para los urbanos. Con ellos se impusieron nuevas formas de gobernar o “nuevas gobernabilidades”, para decirlo con Michel Foucault2, que pueden ser interpretadas como punto de intersección entre los movimientos sociales y los Estados.

El problema que enfrenta el arte de gobernar en América Latina consiste en que en las últimas décadas las poblaciones se levantan, se insurreccionan, y desde el caracazo de 1989 lo hacen regularmente. El panóptico se vuelve arcaico: aunque sigue funcionando, no es el medio fundamental de control social. Para gobernar grandes poblaciones que cambian y buscan el cambio se requieren formas de control a distancia, más sutiles, que buscan la “anulación progresiva de los fenómenos por obra de los fenómenos mismos”, lo que exige un tipo de acción menos transparente que la del soberano, para dar paso una acción “calculadora, meditada, analítica, calculada”3. Se trata de actuar en relación de inmanencia respecto a las sociedades, y para eso los movimientos juegan un papel fundamental, y de ahí la necesidad de contar con ellos.

Podemos decir que los Estados que dirigen Lula, Kirchner y Tabaré Vázquez, los ejemplos más obvios pero no únicos, son hijos del arte de gobernar4. Ya no estamos ante los estados benefactores o los estados neoliberales prescindentes sino ante algo inédito, que sobre la base de la fragilidad heredada del modelo neoliberal busca desarrollar nuevas artes para mantenerlos en pie, dotarlos de mayor legitimidad y asegurar así su supervivencia siempre amenzada. Ello supone entender al Estado como propone Foucault, o sea, como una práctica y no como una cosa o estructura. El 25 por ciento de la población de Brasil, casi 50 millones, es beneficiaria del plan Hambre Cero. En Argentina y Uruguay, el 15 por ciento de los hogares reciben ayuda estatal, complementada por planes que apoyan las formas de supervivencia nacidas en la pobreza. No puede hablarse, por tanto, de las clásicas políticas focalizadas sino de algo diferente y nuevo.

Estas prácticas o formas de hacer, trabajan hoy con fuerza en territorios de la pobreza, y para ello deben asumir algunas de las iniciativas que nacieron abajo y orientarlas en otra dirección. Lejos de marginar a los movimientos, las nuevas prácticas estatales pasan por el “fortalecimiento de las organizaciones”, como propone el Banco Mundial, para convertirlas en contrapartes activas, capaces de hacer “diagnósticos participativos” y ejercer la dirección de proyectos con Organizaciones No Gubernamentales (Ong). Estas prácticas adjudican recursos, construyen saberes, administran cosas que afectarán a la población. Me interesa destacar que no es una gubernamentalidad construida por el Estado, adoptada pasivamente por los movimientos, sino que se busca, y se consigue en alguna medida, una construcción conjunta en espacio-tiempos compartidos.
En las favelas de Brasil, las villas de Argentina y los asentamientos de Uruguay, el Estado hace un intenso trabajo territorial con fuerte impacto en los movimientos. Para eso, ya no es necesario cooptar individualmente –incluso, sería contraproducente hacerlo– sino construir de modo conjunto. El papel más destacado lo juegan ahora las asistentes de las Ong (en buena medida mujeres jóvenes, con formación universitaria), que se mueven en los mismos espacios que los militantes y practican los modos de la educación popular. En los hechos, se produce una enorme confusión entre la militancia tradicional y los funcionarios estatales. Ambos hablan lenguajes similares y cultivan códigos parecidos, porque en realidad una parte sustancial del funcionariado de las Ong proviene de la militancia social o de sus aledaños.

En los territorios de los sectores populares, los activistas sociales ya no están solos. Unas décadas atrás, el Estado sólo aparecía vestido de uniforme policial o militar, o mediante caudillos patriarcales hoy en decadencia. Ahora, el Estado reconoció el papel del territorio y de los movimientos territoriales, y los movimientos reconocen el nuevo papel de aquél. Y juntos, a partir de tal reconocimiento, están creando algo diferente: nuevas formas de gobierno. Es éste un cambio de larga duración, destinado a introducir una poderosa cuña estatal en las periferias urbanas, pero ya no de un Estado puramente represivo sino algo más complejo y ‘participativo’ que, no obstante, persigue el mismo fin: adelantarse a lo que pueda suceder; en suma, “evitar la revolución”. Una vez más, siguiendo a Foucault, podemos decir que de la mano de los nuevos gobiernos, municipales y nacionales, nacen prácticas que hacen Estado y lo conservan.

En los hechos, los movimientos abordan los problemas fundamentales para la nueva gobernabilidad: salud, educación, coexistencia, en suma, ocupándose de la sociedad desde lógicas estatales; pero, sobre todo, tomando en cuenta aquellos espacios en los cuales pueden surgir problemas, movimientos, rupturas. Este Estado, producto de las nuevas gobernabilidades, tiene enorme legitimidad. Es ahora un Estado capilar porque, gracias al arte de gobernar, ha permeado los territorios de la pobreza con mucha mayor eficiencia que los caudillos clientelares del período neoliberal. Esos caudillos actuaban vertical y autoritariamente, y, por tanto, siempre podían ser desbordados.

Estamos transitando nuevas formas de dominación. Poco importa que vengan de la mano de fuerzas que se proclaman de izquierda, porque las nuevas artes de gobernar las desbordan y las incluyen a la vez. No se trata de que las izquierdas se hayan propuesto hacerlo así sino que les tocó gobernar en un período en que surgen gobernabilidades nuevas. En otras partes del mundo, Iraq, por ejemplo, algunas de estas ‘artes’ corren a cargo de las tropas de ocupación de Estados Unidos. No interesa tanto quién sino cómo.

Lo que está en juego es la supervivencia misma de los movimientos y de sus territorios como potenciales espacios de emancipación. En la medida en que las nuevas formas de gobernar, que suelen ser ensayadas primero en la escala municipal, desarticulan los movimientos sociales, pueden ser consideradas como parte del arsenal antisubversivo de los Estados. Superar este desafío pasa por comprender lo que está cambiando, asumir las nuevas formas de dominación biopolíticas más allá de quienes las hagan rodar. Que las encargadas de hacerlo sean las izquierdas no debiera sorprender: el panóptico y las formas disciplinarias de control social fueron una creación de la Revolución Francesa para enfrentar los desafíos que planteaba la caída del viejo régimen.

Fuente: Desde Abajo