Este mes se conmemoran 80 años del natalicio y 25 de la muerte de uno de los filósofos más recordados que ha dejado el país.
Por su carácter rebelde Estanislao
Zuleta es uno de los precursores del pensamiento moderno en Colombia. La
fuerza de su obra está en que se atrevió a pensar de manera original.
Foto: Archivo SEMANA.
Hay quienes consideran que en Colombia ha habido apenas un puñado de
filósofos. Es probable que Estanislao Zuleta esté entre ellos. Este
filósofo y pedagogo de origen antioqueño vivió rodeado de ideas y
libros, también de desorden y alcohol. Antes de cumplir un año de nacido
su padre murió en un accidente aéreo en el que también falleció el
cantante Carlos Gardel. Desde entonces se hizo discípulo del “filósofo
de Otraparte”, el antioqueño Fernando González Ochoa.
Muy influido por González y por otros grandes como Baudelaire,
Levi-Strauss, Freud, Marx y Nietzche, Estanislao escribió textos y dio
conferencias que aún permanecen en la memoria de miles de personas.
Jorge Vallejo Morillo escribió una fantástica biografía sobre él titulada La rebelión de un burgués. Según Vallejo, Zuleta murió de saudade, “esa enfermedad genética, inmutablemente fatal, que sólo les da a los grandes de espíritu”.
Zuleta nació el 3 de febrero de 1935 y murió el 17 de febrero de 1990, a
los 55 años. Este mes, entonces, se conmemorarían sus 80 años y se
cumplen 25 de su deceso.
Su vida de autodidacta (llegó hasta cuarto de bachillerato), en contra
de la educación formal, inclusive de las aulas y las calificaciones, le
valió el doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad del Valle
en 1980. En ese escenario dejó atónito al auditorio con su Elogio a la dificultad,
un texto que aún hoy es lectura obligatoria en distintas facultades y
universidades del país y que se podría considerar una guía de vida. No
hay mejor forma para recordarlo que con uno de sus grandes textos.
A continuación la transcripción de esta emblemática conferencia:
“Elogio de la dificultad
La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una
manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad.
Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de
cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y
sin muerte. Y por tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de
mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente
inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes. Todas estas
fantasías serían inocentes e inocuas, si no fuera porque constituyen el
modelo de nuestros anhelos en la vida práctica. Aquí mismo, en los
proyectos de la existencia cotidiana, más acá del reino de las mentiras
eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad
garantizada, de las reconciliaciones totales, de las soluciones
definitivas. Puede decirse que nuestro problema no consiste sólo ni
principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos
proponemos, sino en aquello que nos proponemos: que nuestra desgracia no
está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma
de desear. Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana
inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de
luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin
peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno
al huevo.
En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario
trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades,
deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa sala-cuna de
abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena
de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global,
capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han
existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido. Adán y
sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del
paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él.
Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino
milenario. Son muy conocidos en la historia, desde la Antigüedad hasta
hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los partidos
provistos de una verdad y de una meta absolutas, las iglesias cuyos
miembros han sido alcanzados por la gracia –por la desgracia– de alguna
revelación.
El estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán
próximos se encuentran una de otro la idealización y el terror. La
idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que
procurarán su conquista.
Quienes de esta manera tratan de someter la realidad al ideal, entran
inevitablemente en una concepción paranoide de la verdad; en un sistema
de pensamiento tal, que los que se atrevieran a objetar algo quedan
inmediatamente sometidos a la interpretación totalitaria: sus argumentos
no son argumentos sino solamente síntomas de una naturaleza dañada o
bien máscaras de malignos propósitos. En lugar de discutir un
razonamiento se le reduce a un juicio de pertenencia al otro –y el otro
es, en este sistema, sinónimo de enemigo–, o se procede a un juicio de
intenciones. Y este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el punto
en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda
diferencia: el que no está conmigo está contra mí, y el que no está
completamente conmigo, no está conmigo. Así como hay, según Kant, un
verdadero abismo de la razón que consiste en la petición de un
fundamento último e incondicionado de todas las cosas, así también hay
un verdadero abismo de la acción, que consiste en la exigencia de una
entrega total a la “causa” absoluta y concibe toda duda y toda crítica
como traición o como agresión.
Ahora sabemos, por una amarga experiencia, que este abismo de la acción,
con sus guerras santas y sus orgías de fraternidad, no es una
característica exclusiva de ciertas épocas del pasado o de
civilizaciones atrasadas en el desarrollo científico y técnico; que
puede funcionar muy bien y desplegar todos sus efectos sin abolir una
gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra. Sabemos que ningún
origen filosóficamente elevado o supuestamente divino, inmuniza a una
doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la
lógica paranoide que afirma un discurso particular –todos lo son– como
la designación misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.
El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se
embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada
en una palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la
duda, la necesidad de pensar por sí mismo, otorgan a sus miembros una
identidad exaltada por la participación, separan un interior bueno –el
grupo– y un exterior amenazador. Así como se ahorra sin duda la
angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo
propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande
simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. Desarrollo del
tema mediante el planteamiento de una tesis o proposición que se
sustenta mediante el uso de argumentos. En éste y los párrafos
siguientes el autor esgrime argumentos históricos, filosóficos,
sociológicos, psicológicos y políticos para sustentar su tesis en contra
de las soluciones facilistas y a favor de las bondades del esfuerzo y
el compromiso en la construcción tanto de la individualidad como de la
sociedad. El autor despliega su reflexión mediante el uso del método de
oposiciones argumentativas (método dialéctico): facilidad vs. esfuerzo,
seguridad vs. riesgo, permanencia vs. Cambio, dogmatismo vs
librepensamiento. Exposición de argumentos a favor de la tesis central
de la disertación: el valor de la dificultad. El autor acude a la
estrategia dialéctica de presentar las consecuencias negativas que se
pueden derivar de adoptar las vías del facilismo, es decir el camino
contrario al que está defendiendo en su ponencia. Y cuando digo aquí
facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de formaciones
colectivas, se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y
sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no
aspiran a la palma del martirio. Facilidad, sin embargo, porque lo que
el hombre teme por encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en
los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la
necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la
crítica, el amor y el respeto.
Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de
los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les
fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de
respeto. No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni
de la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien
como males menores propios de un resignado escepticismo, como signos de
que se ha abdicado a las más caras esperanzas.
Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia allí donde el
amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no pueden
aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es
siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya
no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada,
transparente y espontánea, o en una fusión amorosa.
No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en
consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una
crítica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando
se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por
nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser
error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es
prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.
Nuestro saber es el mapa de la realidad y toda línea que se separe de él
sólo puede ser imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por
inconfesables intereses. Desde la concepción apocalíptica de la
historia, las normas y las leyes de cualquier tipo son vistas como algo
demasiado abstracto y mezquino frente a la gran tarea de realizar el
ideal y de encarnar la promesa; y por lo tanto sólo se reclaman y se
valoran cuando ya no se cree en la misión incondicionada.
La argumentación se hace cada vez más fina. El autor, continuando con su
estrategia dialéctica de presentar los efectos prácticos del facilismo,
muestra los funestos resultados que dicha actitud puede acarrear en
términos de la configuración de las relaciones sociales. A partir de
aquí el autor comienza a presentar sus conclusiones. Estas expresan una
valoración de lo expuesto en el desarrollo del tema, determinan el punto
de vista del autor y anticipan las propuestas de solución. En el caso
presente, el autor, apoyado en los argumentos discutidos durante el
desarrollo del ensayo, establece una relación causal entre el facilismo y
lo que él denomina la “desidealización” de la vida. Esta relación tiene
consecuencias directas en la naturaleza de condiciones de vida
individuales y sociales.
Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización no es
generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan
alegremente se había desechado o estimado sólo negativamente; lo que se
produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo,
escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una
sociedad injusta, basada en la explotación y en la dominación de clase,
era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización
social racional e igualitaria sigue siendo necesario y urgente. A la
desidealización sucede el arribismo individualista que además piensa que
ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda
esperanza de una vida cualitativamente superior.
Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos
modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una
sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha.
Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto
y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como
lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como
aquello sin lo cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el
eterno hosanna del aburrimiento satisfecho. Hay que poner un gran signo
de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus
consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo
aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en
cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.
Hay que observar con cuánta desgraciada frecuencia nos otorgamos a
nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de
ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir, el empleo
de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar
cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del
otro cuando es adversario o cuando disputamos con él. En el caso del
otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es
una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso, aplicamos el
circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos se explican
por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura. Él es
así; yo me vi obligado. Él cosechó lo que había sembrado; yo no pude
evitar este resultado.
El discurso del otro no es más que un síntoma de sus particularidades,
de su raza, de su sexo, de su neurosis, de sus intereses egoístas; el
mío es una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de
sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los
propósitos y la adversaria por los resultados. Argumentación afirmativa.
El autor no se limita a plantear la crítica al facilismo y sus
consecuencias, sino que propone estrategias para intentar resolver el
problema planteado.
Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad
lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al
otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar
efectivamente el proceso que estamos viviendo. La difícil tarea de
aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra posición y a la
opuesta no significa desde luego que consideremos equivalentes las
doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los partidos, las
clases y las naciones en conflicto.
Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza en la
superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros de que
no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual, en
verdad, podría defenderse cualquier cosa.
En el carnaval de miseria y derroche propios del capitalismo tardío se
oye a la vez lejana y urgente la voz de Goethe y Marx que nos convocaron
a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto a
la altura de las conquistas de la humanidad. Dostoievski nos enseñó a
mirar hasta dónde van las tentaciones de tener una fácil relación
interhumana: van sólo en el sentido de buscar el poder, ya que si no se
puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común se produce lo
que Bahro llama intereses compensatorios: la búsqueda de amos, el deseo
de ser vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una
vez por todas del cuidado de que nuestra vida tenga un sentido
Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra
liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas,
los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón.
Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el
pensamiento histórico, el psicoanálisis, la antropología, el marxismo,
el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge
la lucha de los proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se
paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la rebelión
magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de inferioridad a
cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección desesperada de
los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha fabricado.
Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:
“También esta noche, Tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de
nuevo a mi alrededor. Y alientas otra vez en mi la aspiración de luchar
sin descanso por una altísima existencia””.