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sábado, 16 de abril de 2016

Poema a Colciencias

La Investigación en Colombia

Jorge Eduardo Mahecha Gómez
Profesor, Instituto de Física. Universidad de Antioquia
Medellín, 7 de abril, 2016

Inspirado en “Los Motivos del Lobo” del Rubén Darío

Los Motivos de Colciencias

Un académico dedicado y apacible,
inmerso en libros y saberes,
un anónimo y humilde profesor,
conocido por todos como Dr. Franco,
se encuentra de pronto con alguien,
que tiene el torvo propósito,
de convencerlo de su fracaso vital.
Se trata de un burócrata
que le dice: No se crea sabio ni
intelectual, páseme su lista
de trabajos, necesito compararla,
con las listas de otros,
que se creen sabios, igual que usted.
¡Debo definir, lo científico que es usted!.
En la Agencia estamos convencidos de que
el ser humano por naturaleza
es ignorante, incapaz, perezoso,
indisciplinado, tramposo,
mentiroso, desinteresado por la
sociedad, por tanto necesita
de una autoridad que lleve registro
y control de todo lo que hace,
de una Inteligencia Superior que
avale y certifique su trabajo.
Incluso su quehacer no laboral.
Al Estado le corresponde avalarlo todo.
Yo soy calificado Agente, para esa
función, en lo que al intelecto toca.
Otros se ocupan, de su vida personal.
El terrible burócrata lo asoló todo,
frustró grupos de investigación,
en primer lugar los independientes,
luego los de universidades públicas.
Hasta se metió a calificar el trabajo
de artistas, poetas, humanistas y filósofos.
Eso sí, exaltó instituciones de garaje,
hábiles en cumplir formalidades.
Engañó a cerebros fugados,
a otros les prestó plata,
diciéndoles que era una beca.
Les ofreció el oro y el moro
a toda clase de investigadores,
les recibía 100 propuestas pero,
basado en opiniones escogía 2,
camufladas en un ranking con
calificaciones” de 0 a 100.

Duchos y sabios profesores degradados.
Los perros de presa, subdirectores
y funcionarios, redujeron científicos
y grupos, de las universidades públicas,
al nivel de analfabetas, minusválidos mentales.
Volvió trizas carreras de décadas,
al reclamarles "pertinencia social".
Neutralizó científicos sociales,
con sólo preguntarles:
¿Cuántas políticas públicas logró modificar?
¿Cuantos "articulitos" gestionó?
¡Demuéstreme que su investigación es STEM!.
También logró exaltar carreras de favoritos
que, como diría el poeta,
"nunca pasaron de ser un adoquín..."
Con la clasificación ganaron “cientificidad”,
habilitación de facto a sus proyectos,
para gastar plata de las regalías.
Productos empresariales, reglamentos técnicos,
simples consultorías, pasaron a la órbita
de la Agencia del Estado Para la Ciencia,
la Innovación y la Tecnología.
¿No es acaso el que tiene poder sobre
los inteligentes más inteligente que ellos?
Así, como diría Umberto Eco, el bobo
del pueblo es certificador de la verdad.

Mi amigo Franco llegó:
Al burócrata encontró en su cubículo.
Al verle, reaccionó como autómata que es:
Si viene a reclamar
por su clasificación debe hacerlo
a través del "aplicativo",
y le recuerdo que usted
voluntariamente aceptó nuestras reglas.
Si viene para otra cosa,
no dude en usar el correo del
centro de contacto.
Franco le dijo:
"Paz hermano burócrata",
y el autómata se convirtió en humano.
Acostumbrado al juego de "teléfono roto"
con el centro de contacto,
donde se les pregunta de una cosa
y responden de otra,
Franco se sorprendió.
¿Es ley que tú tengas que sustituir
realidades por formalidades?
Me extraña que todavía tengas
hocico. Porque cada día
te restriegan en él
los tales papers que, según tú
y tus contratistas, no existen.
Un gamín raponea, relojes
y celulares, tú y tus contratistas,
y tus delegados en las universidades,
hacen lo mismo con resultados de investigaciones.
¿El clamor de los investigadores,
para quienes un experimento,
no es una formalidad,
no logra aterrizar tus amados
términos de referencia?

Te atreves a calificar
el trabajo de los sabios.
Para hacerlo inventas
procedimientos que delatan
que eres no sólo ignorante
sino burdo y charlatán.
Ignoras algo tan simple como
que el argumento de la función logaritmo
no puede tener unidades.
Inventas escalas numéricas.
Sumando Peras y Manzanas emites,
los "números mágicos" de clasificación.
Llamas tu invento "modelo de medición".
Ni siquiera sabes que aquellos
a quienes les pretendes medir
sus niveles de cientificidad,
de modelos matemáticos y mediciones,
son precisamente quienes más saben.
Nada de modelo, el tuyo: Si cambias
los "pesos" se te cambian los ganadores.
Nada de medición: A todos tus concursantes
la metrología los deja en Empate Técnico.
Ya tienes prefijados los ganadores del concurso.

Eres funcionario del Estado, se supone
que trabajas para la Sociedad.
No obstante proteges negocios privados,
como ISI, Scopus, Scimago y Elsevier.
Al alcalde Petro sancionaron por menos.
Ni hablar de los sacrosantos derechos
de tus contratistas, a quienes no tocas
ni con el pétalo de una rosa.
Cumplir la Constitución juraste,
pero ello no te impide violar
fundamentales derechos individuales,
ni la autonomía de universidades.
Hasta te atreves a ordenarles
que realicen cosas propias
de tu trabajo y tus contratistas.
Tampoco te obligas a respetar
la presunción de inocencia,
a los profesores les dices:
"Sois tramposos, probadme que no es así".
Ley antitrámites salió del
congreso de Colombia,
sin embargo a los profesores
los torturas durante meses
con tus horribles formularios.
De investigación, y de aprendizaje,
todos los ciudadanos tienen libertad,
sin embargo tú te atreves
a censurarlos, que lo que
hacen, dices, no es
pertinente para la economía del país.
Eres tú quien define
si una investigación es "STEM":
Science, Technology,
Engineering and Mathematics.
Pues ¿Cómo entrará Colombia a la OCDE,
sin los indicadores STEM?
Perteneces a una entidad
dedicada a promover la
ciencia de frontera y la innovación.
Sin embargo a priori ya sabes
lo que deben investigar los científicos
para que lo consideres bueno o no.
Te sientes con derecho a definir
si una investigación es ética,
si tiene pertinencia social,
económica y cultural.
Te atreves a definir qué investigaciones
le convienen al país.
Es decir, a las corporaciones.
Te pasas así por la faja
libertades y derechos,
y el carácter innovador
de la verdadera investigación.

Pero ni tu propia agenda
cumples a cabalidad,
porque al final un trabajo
es valioso si se publica en inglés,
no importa el contenido, el resultado,
ni el objeto de la investigación.
Igual que con el ranking de Shanghai,
que usas para transferir
la supuesta superioridad de una universidad,
a todos y cada uno de sus egresados,
usas los índices de las revistas,
otorgados por tus agencias favoritas,
para convertir, por arte de magia,
un trabajo sobre cualquier cosa,
en investigación de alto impacto,
y degradar los demás resultados
a simple “literatura gris”.
Pusiste a universidades enteras,
a flamantes investigadores,
no a buscar nuevos conocimientos,
ni a realizar inventos,
sino a cumplir tus caprichos, y a
buscar ¡alta ubicación en el ranking!
Así como las máquinas de contar dinero,
son menos importantes que el dinero,
el "conteo de la producción"
importa menos que la investigación.
Pero soy muy benévolo al decir,
que te interesan los contenidos
de las investigaciones,
para ti lo único importante
es el índice h,
el número de publicaciones
y el "impacto" de las revistas.
¿Si ignoras el abc de la metrología,
porqué te habrían de interesar
los temas de la inmunología?
¿Acaso eres capaz de distinguir
la diferencia entre
metrología y meteorología?

En la escuela primaria,
el concepto de promedio,
la ministra Gina
nunca logró entender,
no obstante tiene máster
de universidades
de la lista de las 500 de Shanghai.
Los títulos profesionales
pone en entredicho
con el jueguito-encuesta
que llama Saber Pro,
para, supuestamente, descubrir a quién,
durante el pregrado universitario,
aprendió a calcular promedios y quién no,
promedio es el significado de “Pro”.
El ranking de Shanghai se basa
en el número de egresados
que ganaron el Nobel,
de profesores con Nobel,
de papers en Science y Nature.
Tú y yo somos egresados de la Nacho.
La efigie del Che no les produce
buena opinión a los empleadores.
Se que tú quisiste estudiar en la
San Martín, pero tus padres
no tenían con qué pagarla.
Ni tus familiares ni los míos
fueron unos zarrapastrosos.
Si lo fuéramos, no hubiéramos logrado,
como lo hicimos, pagar entrenamientos
en los negocios de preicfes,
sin los cuáles es imposible
ganar el dichoso test
de 120 preguntas
de escogencia múltiple.
Si no les hubiéramos aceptado,
que más importante que el conocimiento,
es aprender a responder tests,
a una universidad pública,
jamás hubiéramos ingresado.
Eufemísticamente, el rector dice que el test
es “indicador confiable de las habilidades
y los conocimientos de los aspirantes.”
La diferencia entre tú y yo
es que tú sólo quisiste, sin lograrlo,
sacar buenas notas, mientras que
a mi si me interesan los saberes.
Te tocó en la Nacho, las materias
eran duras, perdiste varias,
algunas las ganaste pasteleando,
de poco te sirvió ser Pilo o Pijo,
hiciste en siete años la carrera
que en la de garaje
hubieras hecho en menos,
y con pocos esfuerzos.
Yo hice la mía en cinco.
Por eso entiendo que ahora, tengas
oportunidad de lograr lo que soñaste,
que te sientas feliz entre la burocracia.
Y como tienes poder,
a los candidatos a cualquier convocatoria
los prefieres si se graduaron en una
de las 500 principales de Shanghai.

El gran burócrata, humilde.
Al que anda entre la miel,
algo se le pega, Franco.
Me metí a la burocracia porque
creí que era el camino del éxito.
Y aquí ya se tiene una
"cultura organizacional"
que yo no puedo cambiar.
Adoptarla como propia,
es el "peaje" que tenemos que pagar
quienes, como yo, queremos
una carrera política para
llegar más alto.
No creas que en este cargo
me contagié del síndrome de Estocolmo,
soy consciente de mi discurso mentiroso.
Ustedes los científicos
trabajan en la frontera del conocimiento
porque están en hombros de gigantes.
Yo estoy donde estoy
por recomendaciones políticas,
también estoy sobre hombros,
no se si de gigantes,
pero si de políticos más fuertes que yo.
Los verdaderos gigantes
son los "cacaos",
se que nos mandan a todos,
pero nunca los veo, sólo a mis jefes.
Cada que ellos se mueven,
yo me muevo, eso me marea,
lo peor es que cuando caen,
de lo alto me caigo yo.
Las convulsiones en este medio son frecuentes.
Tal vez tú no las logras detectar.
Comprenderás que no pertenezco
a las familias dueñas del país.
Por eso es que tú sí sabes quien soy yo.
Bastante ventaja tengo al
lograr mis altos cargos
sin someterme a los concursos,
rankings y trámites,
que yo promuevo para contratar
a los que no son de alta cuna,
ni tienen mis palancas,
en las universidades.
Soy de libre nombramiento.
Tú fuiste mejor estudiante que yo,
pero ñero es ñero,
por eso sigues con veleidades
de sindicalista.

Pero no creas que tú eres
mucho mejor que yo.
Yo también se quien eres tú.
Tengo datos que muestran que las trampas
también forman parte de tu día a día.
Tú y yo somos de los mismos.
El poeta diría:
"En el hombre existe mala levadura.
Cuando nace viene con pecado."
El plagio no te es ajeno,
tampoco el auto-plagio,
ni la auto-citación.
Los papers los haces,
como con máquina de chorizos,
sabes que el secreto está en hacer bien,
el nudo del comienzo y del final.
Participas en investigación grupal,
los chicos más fuertes logran
los más importantes resultados,
y los demás salen a contar
lo que les vieron hacer
como si ellos mismos lo hubieran hecho.
A todos les dices
que "fue una colaboración".
También se que eres usuario
de algunos productos
de la industria
de generación de indicadores.
Sabes muy bien que una clave
de éxito es asesorarte
"de los que saben".
Me contaron que hace años
pagaste cursos por internet,
donde te enseñó Elsevier
a ser publicador exitoso
de papers científicos.
Te enseñaron el abc:
Saber asesorarse, nunca trabajar solo,
mejor con una agencia de "coaching".
Parte de la plata del proyecto
la dedicas a contratar
a quien te fabrique las muestras,
otra a quien te las analice,
otra a quien realice las estadísticas,
un estudiante te hará las gráficas,
y te colaborará en el paper,
tú escribirás la introducción
y el estado del arte,
tu colaborador externo las conclusiones.
Con el rubro "publicaciones"
contratarás la traducción al inglés
y asesoría en el resto:
Los aspectos éticos y legales,
el envío a la revista correcta,
la fabricación de indicadores de “métrica”,
en fin, lograr investigación de “impacto”.
Eso si, no puedes colocar
los nombres de todos tus contratistas,
porque tus papers quedarían con
decenas y decenas de autores.
Al dividir 15 puntos por 100,
el 1279 te daría sólo una décima de punto,
mil devaluados pesos.
Asesoría Jurídica te lo avalará:
Los contratistas no son investigadores.
Para publicar no se requiere
saber del tema,
mucho menos saber inglés.
Mis colegas burócratas
de la universidades
usan el inglés como traba
para disminuir los aspirantes
a realizar estudios de posgrado.
Tampoco necesitaste
sentir pasión por la ciencia.
Tus asesores son quienes deben
aportar las mayores ideas,
para eso les pagas.
Un juicioso conocimiento
de las posibilidades del decreto 1279,
te puede significar ingresos mayores
que los de muchos burócratas,
sin la angustia que se deriva
de pararse en los hombros de un político.
Tu aureola de investigador,
te permite un plácido transcurrir
en la universidad,
sin las afugias del profesor de cátedra,
con estabilidad, ganándote
en una hora de clase,
lo mismo que aquél en diez.
Te beneficias de un sistema
que permite una élite minúscula
de científicos para exhibir.
Y como si esto fuera poco,
quieres hacer pinitos de político
y burócrata: Jefe, decano, asesor,
miembro del equipo rectoral,
y también, ¿por qué no?,
llegar a un cargo
como el que logré yo.
Porque yo también fui profesor.
Y no te olvides de que
los odiados términos de referencia,
de la clasificación de investigadores
y grupos, los escribió
otro profesor como tú.

Mi amigo Franco se sintió
terriblemente avergonzado.
Escribió en un comunicado:
Descubrí que ese horrible burócrata
sufre del mismo mal que todos nosotros,
el arribismo y la ambición.
Incluso tiene un ego
más pequeño que el nuestro.
Tiene el cuero duro por el palo le dan.
Sus prejuicios sobre
la "excelencia", la "perfección",
la "medición" y la "objetividad",
se formaron nada menos que aquí,
en la academia.
Los gringos le aportaron sólo esa jerga
presuntuosa y fastidiosa,
pero sus conceptos como tales
son pura "industria nacional".
Debes comprender que el pobre
nunca ha visitado un laboratorio
de talla internacional.
Si de pronto está cerca de un Nobel,
lo único que se le ocurre preguntarle
es que si le permite tomarse una foto con él.
¿Qué hacer para evitar que sus sangrientos
ataques se repitan con periodicidad?
Lo primero será neutralizarle sus fetiches
de las "mediciones" de la “calidad”.
Durante un tiempo se quedó tranquilo
sin atacar a nadie.
Eran épocas de Diálogos de Paz.
Habló de reemplazar a Colciencias
por un ministerio, soñó con ser ministro.
Hasta organizó reuniones para discutir
si los conocimientos, la ciencia
y la innovación requerían
más libertad y menos control.
Aparentaba ser todo oídos,
tomaba notas, daba la palabra.
Se aprendió frases
de Foucault, Negri, Hardt,
Agamben y Esposito.
Sería mucho pedir que se leyera
Nacimiento de la Biopolítica
o Vigilar y Castigar.
Hasta compró
La Civilización del Espectáculo,
le gusta el antichavismo de Vargas Llosa.
Eso si, se quedó sin enterarse
de La Sociedad del Cansancio,
La Sociedad de la Transparencia,
En el Enjambre, Psicopolítica,...
de Byung-Chul Han.
Ignoró Razones Para la Anarquía de Noam Chomsky.
Pese a eso, Franco sintió que
había logrado su cometido: No podía esperar más.
Él mismo se comprometió a colaborar,
su ejemplo cundió y los investigadores
realizaron su trabajo
en libertad y sin control,
incluso al margen del Estado,
movidos por la verdad y el deseo de saber,
aportes a la ciencia ocurrieron en el interregno.

Después de este encuentro,
Franco de ausentó.
Y el burócrata intelectualizado, humanizado,
se alejó de la academia y de la sociedad.
Volvió con los que cree suyos:
Los delfines y caciques regionales.
Recomenzó su cruzada con fuerzas renovadas.
Porque "desde presidencia" le ordenaron
que aumentara como fuera
los indicadores de Ciencia,
Tecnología e Innovación.
Porque el nuevo gobierno quiere
que Colombia entre a jugar
en las Grandes Ligas
de la OCDE y de la OTAN.
El soñado encuentro
con planeación y presidencia",
el inesperado contrato para
redactar un capítulo del CONPES,
le trajeron nuevas energías.
La bestia emprendió nuevas cruzadas.
Saber 11 y Saber Pro son insuficientes,
trajo entonces Saber 5, Saber 7, Saber 9.
¡Saber Kinder, Saber Doc!.
Propuso una ley para que Saber Pro
ranqueara todos los profesionales.
Otra para dar puntos del 1279 por índice h.
Otra más para imponer
tests de inteligencia y polígrafo, índice h,
resultados aprobatorios del Test de Salud Mental
y puntaje de 90 en las Pruebas Saber Doc,
para llegar a profesor de universidad pública.
El poeta diría:
Exhalaba los fuegos de Moloch y de Satanás.”

Cuando Dr. Franco regresó
todos lo buscaron alarmados.
Para actualizarlo acerca
de las nuevas andanzas
del terrible burócrata
neoliberal del post-conflicto.
Camuflado lo encontró
detrás de la cortina de humo de La Paz.
Tenía escrito un gran letrero:
Educación de la Tercera Vía, con ánimo de lucro”.
Dr. Franco cual exorcista le dijo,
con las mismas palabras del
poeta: “¿Por qué has vuelto al mal?”
¿Por qué te empeñas en los ranking?
Contesta. Te escucho.

Dr. Franco, contestó la bestia:
Cumplí mi acuerdo contigo,
me acerqué a la academia,
ingresé a un grupo de investigación,
conocí de cerca a todos tus colegas.
El ranking de Harvard es
mejor que el de la Nacional.
Mi jefe se doctoró en Harvard,
por lo tanto consideraba que yo,
obviamente debía subordinarme a él.
La falacia Secundum Quid no es exclusiva
de Colciencias, vino de la universidad.
Nunca vi más feliz a tu joven colega
que durante el mes que se dedicó
a actualizar su CvLAC.
Descubrió que tenía citaciones,
que su índice h valía 17.
A todos les preguntaba:
¿En cuánto está tu índice h?
Muy feliz se sintió
cuando le aceptaron un paper
un Physikalische Zeitschrift,
porque allí publicó Einstein
su artículo sobre la relatividad.
Por definición, todo artículo
publicado allí tiene alto impacto,
por lo tanto consideró que su
investigación se podía comparar
con la del artículo de Einstein.
Otro gran investigador, veterano,
de índice h = 74, promovió cambio
de reglamento del Comité Nobel:
¿Cómo es posible que el Nobel,
de medicina y fisiología, se le
esté asignando a personas
con menor índice h que el mío,
a personas que publican en bioRxiv?”
Con Nobel colombiano, su institución
pasaría a la lista Shanghai, o QS.

El burócrata en su ingenua sinceridad,
tuvo entera razón.
La complejidad del tema
de la medición científica
lo igualó con el flamante egresado de Harvard.
Por la cabeza de ninguno de los dos
pasó la idea de que el ranking
sea una imposibilidad metrológica.
Que si fuera legítimo
hablar del ranking de los científicos,
lo verdaderamente importante serían
los aportes a la “ciencia”.
Ni el burócrata ni el de Harvard
reconocieron que la pregunta obvia,
más que por el índice de impacto, es:
¿Qué fue esa cosa tan importante,
que investigó Dr. X, y que le publicaron
en Physikalische Zeitschrift?.

¿Qué aportan las revistas?
Nada, les dije, estorban más que ayudan:
El referato lo hacen los autores mismos.
Existen sistemas de auto-publicación
que permiten hacer el referato
en tiempo real,
el que lee el paper puede
inmediatamente hacer comentarios.
Si el paper tiene errores,
inmediatamente puede recibir feedback.
La revista implica esfuerzos adicionales,
cosas cosméticas, y diálogos insulsos
con editores y referees.
La revista implica costos
adicionales innecesarios
para los autores
y las instituciones. Son un NEGOCIO.
Al rankear los profesores
con base en las citaciones
y el impacto de las revistas
se abre un mundo de corrupción y trampas:
Publicar por publicar,
yo te cito, tú me citas, yo me autocito, ...
La revista pierde de vista que el asunto
es resolver problemas relevantes de ciencia.
¿Que son “curadores de la ciencia”?
Eso era cierto en las épocas del papel,
hoy muy pocos hojean las revistas,
algunas ni siquiera se imprimen.
La revista lo encarece todo,
pone en crisis las universidades,
el gobierno aumenta el punto en 7.5%
pero sólo les aumenta el presupuesto
a las universidades en el 6%.
Luego los profesores
le hacen el mandado a la mafia
pidiendo que las universidades paguen
las costosas suscripciones a las revistas,
el espejito mágico de los científicos.

Encontré que los científicos son unos ególatras.
Que odios, envidias, mentiras formaban su día a día.
Yo, poseído de intelectualidad, prediqué
la necesidad de hacer investigaciones de verdad.
Que las ideas realmente nuevas, las de verdadero
impacto tenían su origen en el corazón.
Que incluso pueden crearse,
por fuera de la institucionalidad,
sin enormes recursos financieros.
Se burlaron de mi. El matoneo fue horrible.
No tuve más acceso a universidades y laboratorios.
Entonces, sin poder evitarlo,
del fondo de mi ser emergió, con fuerza,
el burócrata que siempre fui.
Con más bríos, dada mi mayor experiencia.
Volví con mis amigos de conveniencia,
me metí a la campaña de Vargas Lleras.
Allí me disiparon todas las dudas.
Antes, el matoneo de los “perdedores”,
como tú, que ciertamente son la mayoría,
luego, el de los “ganadores”, como Dr. X.
Reconozco que en el grupo de los ganadores,
también hay perdedores, pero tú
bien sabes que ¡yo siempre fui un Ganador!.
Por lo tanto, hermano Franco,
sigue tu camino solo, no cuentes más conmigo.

Dr. Franco no le dijo nada.
Igual que el Santo de Asís,
partió con lágrimas y desconsuelos.
Entendió por qué
el burócrata que lleva adentro triunfó:
Ese sistema centralizado,
unificado y estandarizado, estatalizado,
es el soporte natural de esa casta
de funcionarios, incultos, casi analfabetos,
que se ganan la vida haciendo arqueología
de lo que los sabios producen y
a quienes quieren controlar.
Sin ese sistema estarían condenados al mísero
desempleo del resto de sus conciudadanos.
Afortunado, feliz, dichoso, venturoso, agraciado,
fausto, contento, el burócrata anunció:
Hemos concluido que nuestro sistema de medición,
calificación y clasificación es perfecto.
Se animó aún más porque el rector dijo:
Estoy convencido de que
los rankings llegaron para quedarse.”
A Franco sólo le quedó la lección de que
los científicos son ambiciosos
por culpa de nuestro modelo de sociedad:
Competir, competir y competir.
Producir, producir y producir.
Consumir, consumir y consumir.
Contaminar, contaminar y contaminar.
Publicar, publicar y publicar.
Que la ciencia no está inmune. Que
por eso una nueva basura contamina el mundo:
Los "papers". Un gramo de paper científico
o técnico, vale más que un gramo de oro.
La mayoría de ellos sobre trivialidades,
en los mejores casos son "más de lo mismo",
aplicaciones de lo que ya se sabe o nuevos detalles.
Elaborados sólo para mejorar el ranking.
Sin el 1279, la producción de papers caería,
pero ni en lo más mínimo la ciencia se afectaría.
"El científico de prestigio de hoy en día
utiliza más sus habilidades como gestor y administrador
que como físico, matemático, químico o biólogo",
dice Martín López Corredoira.
Al menos le quedó la lección de que
medir” la “ciencia” de uno de los países
de mayor atraso científico es LOBÍSIMO.
Por eso el presente escrito se pudo titular:
"Los Motivos del Lobo", “Ser Pijo Paga” o,
sin cometer plagio, "El Canto del Pijo".

miércoles, 2 de marzo de 2016

Normópatas

La normosis académica
La enfermedad de la “normalidad” en la universidad

Renato Santos de Souza*

Traducción:
UniNómada, Colombia
www.uninomada.co

Somos todos normópatas en un sistema académico de formación de investigadores y de producción de conocimientos que está enfermo, y nuestra Normosis académica ha hecho naufragar el pensamiento creativo y la iniciativa para lo nuevo en nuestras universidades.

La enfermedad ha estado siempre asociada a la anormalidad, a la disfunción, a todo aquello que escapa al funcionamiento regular. En el campo médico, la enfermedad es identificada mediante síntomas específicos que afectan al ser vivo, alterando su estado normal de salud. A su vez, la salud se identifica como el estado de normalidad de funcionamiento del organismo.

En analogía con los organismos biológicos, el sociólogo Émile Durkheim propuso identificar la salud y la enfermedad en términos de hechos sociales: la salud se reconoce por la perfecta adaptación del organismo a su medio, mientras que la enfermedad es todo lo que perturba dicha adaptación.

Según esto, ser saludable es ser normal, estar adaptado, ¿cierto? Pero no necesariamente: a pesar de Durkheim, se puede considerar que, desde el punto de vista social, ser demasiado normal puede también ser patológico, o puede conducir a patologías letales.

Los pensadores alternativos Pierre Weil, Jean-Yves Leloup y Roberto Crema han llamado a esto normosis, la enfermedad de la normalidad, algo bastante común en el medio académico en la actualidad. Para Weil, la normosis puede ser definida como un conjunto de normas, conceptos, valores, estereotipos, hábitos de pensar o de actuar, que son aprobados por consenso o por mayoría en una sociedad determinada y que provocan sufrimiento, enfermedad y muerte. Crema afirma que un normópata es aquella persona que se adapta a un contexto y a un sistema enfermo, y que actúa como la mayoría. Y para Leloup, la normosis es un sufrimiento, la búsqueda de la conformidad que impide orientar el deseo al interior de cada uno, interrumpiendo el flujo evolutivo y generando estancamiento.

Aunque fundados en un propósito de análisis personal y existencial, estos conceptos son muy pertinentes respecto a lo que se vive actualmente en las academias. Allí, a causa de la normosis, no es sólo el individuo quien se enferma, quien se estanca, quien deja de realizar su potencial creador, sino el conocimiento mismo. Y no sólo en Brasil, sino también en todas partes del mundo.

Peter Higgs, Premio Nobel de Física de 2013, sostuvo recientemente que, en el medio académico actual, alguien como él no tendría lugar, que no sería considerado suficientemente productivo y que, si por eso fuera, probablemente no habría descubierto el Bosón de Higgs (la “partícula de Dios”), descrito por él en 1964, pero solamente comprobado en 2012, casi cincuenta años después, con la entrada en funcionamiento de una de las mayores máquinas construidas por el hombre, el acelerador de partículas Large Hadron Collider. Higgs le contó al periódico The Guardian que en su Departamento él era considerado una “vergüenza” por su baja productividad académica en publicaciones y artículos, y que si no fue despedido fue por la inminente posibilidad de que ganara algún día el Premio Nobel en caso de que su teoría fuera comprobada. Él reconoció que, en tiempos como los nuestros, donde predomina la obsesión por las publicaciones al ritmo de “publica o muere”, no tendría ni tiempo ni espacio para desarrollar su teoría. En su época de investigador, no sólo el ambiente académico era otro sino que él mismo era un desadaptado, un anormal, una especie de disidente que trabajaba solo en un área fuera de moda: la física especulativa. De modo que también su teoría es fruto de una saludable “anormalidad”.

Aunque no me sorprenden, las declaraciones de Higgs me parecen en todo caso estremecedoras: es decir, con los sistemas meritocráticos actuales de evaluación y arbitrajes, que privilegian la producción de artículos y no de conocimiento o de pensamientos innovadores, uno de los mayores descubrimientos de la humanidad en las últimas décadas, que le representó a Higgs el Nobel en 2013, probablemente no habría ocurrido, como ciertamente muchos otros avances científicos e intelectuales están dejando de ocurrir a causa de los sistemas actuales de evaluación de la “productividad en investigación”. He ahí la normosis académica cobrando su mayor víctima: el conocimiento mismo.

Por lo demás, nunca se usó tanto la autoridad del Nobel para señalar los desvíos enfermizos de nuestro sistema académico y científico como en 2013. Randy Schekman, uno de los ganadores del Nobel de Medicina de ese año, en un artículo reciente en El País, acusó a las revistas Nature, Science y Cell, tres de las mayores en su área, de representar un verdadero obstáculo para la ciencia al usar prácticas especulativas tendientes a garantizar sus mercados editoriales. Schekman menciona, por ejemplo, la artificial reducción en la cantidad de artículos aceptados, la adopción de criterios sensacionalistas en la selección de los mismos y una absoluta falta de compromiso con la cualificación del debate científico. Y afirmó que la presión para que los científicos lleguen a publicar en revistas “de lujo” como estas (consideradas de alto impacto) los induce a preferir campos científicos de moda, en vez de optar por trabajos más relevantes. Esto explica la afirmación de Higgs sobre la improbabilidad del descubrimiento que lo hizo merecedor del Nobel en el mundo académico actual.

El proprio Schekman publicó mucho en esas revistas, incluidas las investigaciones que lo llevaron al Nobel: a diferencia de Higgs, que era un disidente, Schekman sufrió ya de normosis. Sin embargo, ahora laureado, optó por su propia cura y prometió evitar estas revistas de ahora en adelante, sugiriendo no sólo que todos hagan lo mismo, sino también que eviten evaluar el mérito académico de otros en la producción de artículos. Necesitó un Nobel para liberarse de la enfermedad.

La normosis académica actual se debe a la meritocracia productivista implantada en las universidades, cuyos instrumentos diseñados para garantizar la disciplina y esa enfermiza normalidad son, en el caso de Brasil, los sistemas de evaluación de investigadores y de programas de posgrado, comandados principalmente por el CAPES y el CNPq. En las últimas décadas, estos sistemas han convertido a profesores y estudiantes en productores burocráticos de artículos, apartándolos de los problemas reales de la ciencia y de la sociedad, así como de la búsqueda de conocimientos y pensamientos realmente nuevos. La exigencia de productividad es un estímulo a favor del status quo, que obstruye la creatividad, la iniciativa, el sentido crítico y la innovación, pues innovar, crear, emprender, salirse de lo normal puede ser peligroso, arriesgado e incierto cuando se tienen metas productivas por cumplir; por tanto, no es deseable: es más seguro hacer “más de lo mismo”, que es a lo que la normosis académica condenó a las universidades y a sus integrantes en todo el mundo.

En un artículo que escribí en 2013, afirmé que la meritocracia conduce a una ilusión de eficiencia y de progreso que no puede cumplirse, porque las meritocracias modernas son burocracias. Como bien lo enseñó Max Weber, la burocracia es una fuerza modeladora ineludible cuando se racionaliza y se reglamenta cualquier campo de actividad, como es el caso del sistema científico actual. El sistema fue creado supuestamente para discriminar por mérito a personas y organizaciones académicas, y sobre esta base se montó un sistema tal de reglas, criterios evaluativos, jerarquías de valor, indicadores, etc., que la burocratización de las actividades académicas se volvió inevitable. En la actualidad es este sistema el que orienta las actividades de los académicos, apartándolos de sus propios valores, deseos y convicciones, para que actúen en cambio en función de la conveniencia en relación con los procesos evaluativos, con el fin de mantener bajo control los beneficios o castigos que tales procesos les imponen. Bajo los regímenes de evaluación meritocráticos los académicos se convierten en burócratas comportamentales; y burócratas, como se sabe, por la primacía de la conformidad organizacional a la que se someten, volviéndose inexorablemente impersonalistas, formalistas, ritualistas y renuentes a los riesgos y a los cambios. Se vuelven normópatas, prefiriendo, en el caso de la academia, una producción sin significado, sin relevancia, sin sustancia innovadora pero segura, antes que aventurarse inciertamente en procura de lo nuevo.

Ahora, después de haber escrito esto en aquel artículo, descubro que el Nobel de Medicina de 2002, el surafricano Sydney Brenner, en una entrevista de febrero de 2014 para la King’s Review, afirmó exactamente lo mismo[1]. Entre otras cosas, sostiene que las nuevas ideas en la ciencia son obstruidas por los burócratas de la financiación de las investigaciones y por profesores que les impiden a los estudiantes de posgrado seguir sus propias propuestas de investigación. Al menos es alentador darse cuenta que esta realidad insólita no es tan sólo una versión tercermundista de la búsqueda tardía y equivocada de un lugar al sol en el campo académico actual, sino una deformación que azota también a los “grandes” de la arena científica mundial. Y también lo es constatar que los laureados con el Nobel se hayan percatado de esto y lo hayan denunciado al mundo.

De cierta forma, todos en la academia sabemos que estos sistemas de evaluación académicos han llevado a un productivismo estéril, pero eso no ha bastado para cambiar ni las conductas personales, ni las directrices del sistema, porque la normosis es una enfermedad colectiva, no individual: proviene de la necesidad de legitimación del individuo frente al sistema de reglas, normas, valores y significados que se le impone. Es por eso que el investigador australiano Stewart Clegg afirmó alguna vez que “los investigadores que buscan legitimación profesional pueden con mucha facilidad ser presionados para aprender más y más sobre problemas cada vez más anodinos e irrelevantes, y a investigar más y más sobre soluciones que no funcionan”.

Pero ahora me asalta una pregunta curiosa: ¿por qué tantos galardonados con el Nobel han denunciado este sistema? Porque, según creo, debido a la altura de la distinción recibida, ya no tienen ningún compromiso con la meritocracia académica y pueden hablar libremente del daño que ella causa a ideas tan genuinamente innovadoras que pueden incluso ameritar los laureles. Pero también porque el Nobel escapa a la lógica de la meritocracia, no es un mecanismo meritocrático, por tanto, no es burocrático. ¡Es incluso más de tipo político que meritocrático y burocrático! Es un reconocimiento de “mérito” sin ser una “cracia”. O sea que no hay, a través suyo, un sistema de gobierno de las actividades científicas, y por eso no conduce a una racionalidad formal, pues nadie que esté en sus cabales basaría su actividad académica cotidiana sobre la improbable meta de ganarse, tal vez ya en la vejez, el premio Nobel; y aún si tuviera este excéntrico propósito como pauta, tendría que escapar de la meritocracia que gobierna los sistemas científicos actuales para llegar a un lugar reconocidamente distinto, pues ser normal no conduce al Nobel.

Pero no es ese el mundo de la vida de los seres académicos de hoy. En dicho mundo vivimos bajo una meritocracia burocrática, y en un contexto semejante poco sirven las advertencias de la editora en jefe de la revista Science, Marcia McNutt, publicadas en el periódico Estadão, cuando afirmaba que la ciencia brasilera debe ser más valiente y osada si quiere ganar en importancia en el escenario internacional. Según ella, para crear esa valentía es preciso aprender a correr riesgos y aceptar la posibilidad del fracaso como un elemento inherente al proceso científico. Pero cuando las personas son castigadas por el fracaso, o cuando están enseñadas a que fracasar no es un resultado aceptable, dejan de arriesgar; y quien no arriesga no produce grandes descubrimientos, sólo produce ciencia incremental, de bajo impacto, que es según McNutt el perfil general de la ciencia brasilera en la actualidad. Tal es la normosis académica “a la brasilera” vista desde afuera.

A fin de cuentas, somos todos normópatas en un sistema académico de formación de investigadores y de producción de conocimientos que está enfermo, y nuestra normosis académica ha hecho naufragar el pensamiento creativo y la iniciativa para lo nuevo en nuestras universidades. Sin ellos, empero, no hay ningún futuro significativo para la vida intelectual dentro de dichas instituciones, ya sea en el campo de las ciencias o en el de las artes.




* Publicado en: Lia, mas não escrevia: contos, crônicas e poesias. (Nascimento, L.F.M., Org.). Porto Alegre, 2014, pp. 245-247. E-Book disponible en: http://luisfelipenascimento.net/wp-content/uploads/2014/06/Lia-mas-n%C3%A3o-escrevia.pdf
[1] “La academia y las editoriales están destruyendo la innovación científica: Una conversación con Sydney Brenner”. Disponible en:
http://kingsreview.co.uk/magazine/blog/2014/02/24/how-academia-and-publishing-are-destroying-scientific-innovation-a-conversation-with-sydney-brenner/



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jueves, 25 de febrero de 2016

Colombia: Los wayuu mueren de hambre, contaminación y olvido



"17 DE MARZO PARO CÍVICO POR LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO, NO MAS NIÑOS WAYUU MUERTO POR DESNUTRICIÓN!

Las diversas organizaciones sociales integrantes del Comité Cívico por la Dignidad de La Guajira, en reunión extraordinaria, realizada en Riohacha, hoy 10 de febrero, decidieron por unanimidad convocar para el próximo 17 de marzo, la realización del Paro Cívico por la Dignidad de un Pueblo, No Más Niños Wayuu Muerto por Desnutrición. El paro consistirá en la parálisis de las actividades productivas y la toma pacifica de las calles y carreteras.

Las razones para la realización del paro cívico, se manifiestan en la prolongada sequía y la muerte de 4770 niños y niñas wayuu, en los últimos ocho años. La verdadera de esta mortalidad se encuentra en que la implantación del modelo extractivista en el departamento cambio la orientación productiva de agrícola comercial a minera. Esto produjo la perdida de la soberanía alimentaria, ya que en el periodo comprendido del 1990 al 2010, se dejaron de sembrar más de 30.000 has de cultivos de pan coger y cereales, que constituían la base de la alimentación de los guajiros. En lo que respecta a la sequía, el Plan de Manejo Ambiental del Acuífero de la cuenca del río Ranchería, elaborado por la Universidad de Antioquia, dice que en la cuenca existen 6 acuíferos y dos de los cuales, se extienden hacia la alta guajira, lo que permitirá solucionar los problemas de agua que padecen los guajiros. Lo que no existe es la infraestructura necesaria que permita llevar el agua a las comunidades necesitadas. Lo que existe es una relación asimétrica en el uso, pues, mientras el Cerrajón utiliza diariamente 17.000 mts3 de agua para regar carreteras, existen en la alta guajira, familias que solo alcanzan a utilizar 7 lats/día.

La gran minería es una actividad sumamente agresiva con el medio ambiente, particularmente con el agua, Cerrajón ha destruido más de 10 arroyos tributarios del rio Ranchería, contaminando las aguas superficiales y subterráneas, no obstante, con la complicidad del gobierno nacional, pretende desviar el arroyo Bruno, para elevar la producción de 32 a 40 millones de toneladas de carbón anuales. Las consecuencias del desvío serian variadas, desde la afectación de la flora y fauna y su aprovechamiento porque parte del bosque de seco tropicales, en particular los arboles a las orillas del arroyo podrían desaparecer en el largo plazo y aunque las multinacionales plantean la construcción de un canal parecido al lecho del arroyo, la dinámica fluvial y sus consecuencias nos dejaría un río «parecido» al natural, pero MUERTO.

El conflicto laboral que Cerrejón sostiene con Sintracarbon, la multinacional apelando a las complicaciones del mercado del carbón y a la tesis de la productividad pretende debilitar o acabar a Sintracarbon, con el claro, propósito de desmontar o desmejorar las condiciones y conquistas laborales conseguidas en muchos años de lucha.


A lo anterior, se le suma la crisis de la red hospitalaria; los abusos y altas tarifas de Electricaribe; la intención de construir 6 peajes adicionales a los existentes; la desfinanciación de la universidad de La Guajira; la quiebra de los comerciantes de Maicao y de los transportadores.

jueves, 5 de noviembre de 2015

Colciencias contra las humanidades

Por: Efrén Giraldo


El capítulo más reciente de la cruzada de Colciencias contra las humanidades es negarles becas a sus programas de doctorado para destinarlas con exclusividad a programas científicos, lo que supone una grave amenaza a su sostenibilidad. Lo llamativo no es esto, toda vez que en los últimos años la agencia nacional de investigación ha decidido atacar frontalmente los saberes sobre la sociedad y la cultura, sino la respuesta que sus equivocadas políticas en lo concerniente a artes, ciencias sociales y humanidades han despertado, primero en la comunidad académica, y más recientemente en los medios impresos. Periódicos como El Espectador, El Colombiano y la revista Semana han sacado la disputa del gueto académico y han mostrado algunas de las implicaciones que tendría para el país un conjunto de medidas escalonadas como esta. Algo que sorprende, pues en Colombia a los medios poco les importa lo que pasa con la educación, y más específicamente con la científica.


Sin embargo, la polémica no es nueva. Los criterios estrechos y equivocados de nuestra disfuncional agencia a la hora de evaluar las producciones de los académicos que trabajan en disciplinas sociales y humanísticas han generado respuestas de diverso tipo. Algunos grupos e investigadores de trayectoria se han negado a participar de las convocatorias de medición, aduciendo —además de los ya conocidos problemas técnicos e inconsistencias que sufren el software, las convocatorias  y las regulaciones de Colciencias— una discriminación que la agencia niega, imputando a los investigadores de estas áreas una supuesta reticencia a ser medidos. Todo parece indicar que, ante el dramático recorte presupuestal para ciencia y tecnología que ha hecho el gobierno, Colciencias está recortando a su vez los presupuestos de las humanidades, y para ello acude a estrategias soterradas para acorralarlas, con el agravante de que responsabiliza a los investigadores y grupos de investigación en pedagogía, historia, literatura, antropología, artes y filosofía de su propia condena al abandono y la marginalidad.

La respuesta de humanistas, artistas y científicos sociales a esta coyuntura, y más generalmente a la pregunta por su pertinencia social y educativa, es deficiente, derrotista y casi siempre débil en su argumentación. No se puede negar tampoco que, en muchas ocasiones, hay en humanidades ­—y también en ciencias— una burocracia improductiva a la que no le gustan los índices, las clasificaciones ni las mediciones de ningún tipo. Intento aquí contradecir algunos de los argumentos con los que algunos humanistas han enfocado la crítica que se les ha hecho.

El primer argumento es que las disciplinas sociales y humanas no son medibles. Si bien las ciencias sociales en sus facetas más especialziadas han demostrado el aprovechamiento que pueden hacer de la estadística, hay otra manera de entender la relación del saber social con lo cuantitativo: la que nos ofrece —para nuestro consuelo y desconsuelo— la inconmensurable tradición. A veces, cuando se lee que las humanidades son poco visibles o poco “citables”, habría que preguntarse de qué se está hablando. La cienciometría es —y será— siempre impotente para medir la cultura y la copiosa monumentalidad escrita del pasado, así como la vitalidad de la opinión pública.

El segundo argumento es que son saberes etéreos, que no tienen ningún trato con lo práctico, una idea bastante prosaica de lo que la teoría y la práctica son en realidad. Una de las maneras de encarar esta cuestión es recordando el vínculo profundo que el saber sobre lo humano tiene con la acción social, las instituciones, las costumbres, la política. ¿Qué puede haber más práctico que el modo en que vivimos? Un libro reciente del profesor Jorge Giraldo Ramírez muestra que la guerra en Colombia tiene, entre otras explicaciones, una que pasa por las ideas de quienes tomaron las armas.

Sociedades tecnocráticas que no atienden a la dimensión crítica, analítica y axiológica ofrecida por la educación en humanidades acaban por colapsar, pues economía, gobierno y técnica sin cultura de debate que las regule acaban por descontrolarse y servir a intereses oscuros. En alguno de sus textos, Paul K. Feyerabend señalaba lo importante que es para una sociedad democrática que los no expertos en ciencias tengan el control sobre lo que los expertos en ciencia y tecnología descubrían. Un corolario de este planteamiento es que, sin humanidades, sin ética, sin comunicación y sin estética, el saber científico acaba por ser autoritario y, acaso, contraproducente.

El tercero es que los saberes humanísticos no generan capital económico, apenas cultivo espiritual. Si bien esto es parcialmente cierto, y cabe hallar en el desinterés un argumento útil, sobre todo en una época en que todo tiene precio, valdría la pena analizar el fenómeno desde otra óptica. Ver en el mecenazgo —o, peor incluso, de la caridad— la única figura económica para las artes y las humanidades es pasar por alto la posibilidad que estas tienen de producir bienes, objetos y —quiéranlo o no los puritanos— mercancías. Civilización, patrimonio, cultura son realidades, no abstracciones. Las sociedades del conocimiento y la información, de los servicios y los símbolos, no son pensables solo como productoras de artefactos o de datos duros. En otros países, la cultura, los museos, los libros son renglones importantes de la economía, más allá de que dependan de un nuevo gran señor, el turismo.


El último argumento es que, al hablar de humanidades, se trata de disciplinas que no son experimentales. En lugar de creer que esto les resta dignidad o importancia, los humanistas deberían pensar en que allí hay una de sus mejores oportunidades, tal como lo señaló alguna vez Samuel Weber. Evidentemente, no se trata de experimentos con la naturaleza, sino con lo social, con lo humano. Inventar nuevas formas de vivir, crear espacios de intercambio, es el desafío que las humanidades deben afrontar ante las exigencias actuales y, como en el caso colombiano, ante políticas equivocadas y administraciones mezquinas que poco pueden hacer con la gestión de comunidades y realidades a las que no comprenden.

Fuente: ARCADIA

Antología del Pensamiento Crítico Colombiano Contemporáneo

El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales ha sacado una Colección de Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño. Y dentro de dicha antología encontramos una dedicada al Pensamiento Crítico Colombiano Contemporáneo. Aquí está para que lean y compartan.

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Victor Manuel Moncayo C.. [Coordinador]

Gabriel García Márquez. Camilo Torres. Antonio García. Diego Montaña Cuéllar. Orlando Fals Borda. Darío Mesa. Mario Arrubla Yepes. Augusto Ángel Maya. Arturo Escobar. María Teresa Uribe de Hincapié. Virginia Gutiérrez de Pineda. Florence Thomas. Nina S. de Friedemann. Gerardo Molina. Estanislao Zuleta. Guillermo Hoyos Vásquez. Renán Vega Cantor. Laura Restrepo. Alfredo Molano Bravo. Arturo Alape. [Autores de Capítulo]
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Colección Antologías del Pensamiento Social Latinoamericano y Caribeño.
ISBN 978-987-722-113-8
CLACSO.
Buenos Aires.
Septiembre de 2015




Además de la insoslayable posición personal y de las necesarias consultas con quienes comparto reflexiones y preocupaciones teóricas y políticas, he acudido a múltiples ventanas de aproximación. La primera, casi forzosa, es la consideración del período, sin dejar de lado sus antecedentes que contribuyen a una comprensión coherente e integral, pues la historia es mucho más que la sucesión cronológica. En esta misma dirección de orden temporal, también se ha tenido en cuenta la relativa actualidad del texto seleccionado respecto de las circunstancias del presente que vivimos. Otra dimensión privilegiada tiene que ver con la relación o incidencia de los documentos con las luchas sociales y políticas, así como con los debates y controversias de las ciencias sociales frente a los debates de nuestro tiempo, apreciando el protagonismo y la influencia del respectivo autor. Y, obviamente, se ha tenido la precaución de matizar el conjunto con los aspectos claves de la controversia en nuestra sociedad, empezando por la realidad del conflicto social y armado que por decenios ha caracterizado el acontecer nacional, y los problemas económicosociales que le están asociados. Igualmente, han sido estimadas como referencias pertinentes la plurietnicidad, la perspectiva de género y la cuestión ambiental. Como el lector podrá apreciar, esta ha sido la respuesta ciertamente insuficiente, injusta y excluyente, al desafío de construir una antología de quienes como intelectuales han sido actores centrales, durante el período antológico, de las múltiples expresiones de la controversia y confrontación del orden social vigente.

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